Si pasa, no se tome en serio lo que digo. Guarde prudente recelo. Es su locura o la mía.
domingo, 13 de marzo de 2011
Quédate
Quédate, le dijo, por primera vez después de tantos ires y venires por camas ajenas, después de incontables encuentros clandestinos. Después de muchas promesas incumplidas, de ilusiones negadas; de puntos claros y ninguna clase de esperanza alimentada.
Quédate, le pidió, porque ya no le bastaba el mero roce de su cuerpo; ya no le llenaba el mero aroma; ya su cabeza no le daba permiso para seguir cegándose a punta de desangrar su pecho y de acuchillar su bolsillo. Ya la razón, la lógica, el libertinaje no le dejaban respirar tranquila, avanzar sonriente y olvidando lo que su cuerpo se empeñaba en demostrarle. Ya no podía justificar los nervios, las angustias; no lograba evadir las ideas en el alcohol o en los libros.
Quédate, le pidió, para poder tenerlo cerca una vez, una que fuera, sólo para tener a quien aferrar en la oscuridad de la noche sin luna que se colaba por el alma más que por la ventana; para sentirse en algún momento a flote en el océano de la soledad encubierta de calentura pasajera...
Quédate, le dijo, de espaldas, porque no quería que sus ojos la delataran y que él viera... que viera...que ya no podía con la parodia de amistad con ventajas; que el deseo que la consumía ya no era por un falo en ella ni por una mano que la recorriera y que la hiciera gemir; que lo que buscaba y rebuscaba entre la maraña de amantes no era sino un abrazo sincero, un momento de cariño, un alma compañera.
-Quédate- le dijo ella, de cara a la pared.
Y esa noche, él se quedó.
martes, 23 de noviembre de 2010
Libido
Pero ella no iba a la visita turística por los despachos de su memoria, ni al tétrico lugar donde los procesos más mecanizados se mantenían (a cargo siempre de un practicante de neurona, había que decir; siempre tratando de abaratar costos).
No; ella iba a ver a las Etoiles, como le gustaba pensarlas. Esas... cómo decirlo...personificaciones de su propio carácter. Eran todo un espectáculo. Como la vida.
Subió por la amplia escalera de la conciencia y se fue a la terraza de su cerebro, tan cristalino y pulcro; tan disímil de lo que ella era al menos en su entorno. Vaya paradojas.
Pues buen, allí vio cómo la Inteligencia casi se daba de cabezazos contra uno de los muros de cristal, mientras la Jugosa se desternillaba de la risa en su cara. En algún rincón vio a la Meditabunda, admirando cómo la Creativa se empeñaba en armar con los haces de luz algún envoltorio para su la Bailarina un tanto exhibicionista. Por un lado y por otro se dispersaban los diversos aspectos de su personalidad, mas ella, después de saludarlas cortésmente con un gesto de cabeza, siguió de largo, hasta el fondo... al único reducto en aquel límpido lugar que tenía una puerta, una llave y una identidad encerrada. Al que ella, de morbosa, gustaba visitar a solas. Iba a visitar a la Líbido.
Y es que no podía dejar de ir a visitarla. La conoció encadenada; ahora disfrutaba soltarla sólo para sí. Un par de ocasiones muy dispersas se había tomado el control total, y habían sido instantes memorables, pero llenos de culpa, recuerdos, subidas súbitas de temperaturas y risitas solitarias en la calle.
Le encantaba mirar a los ojos a la Libido. Siempre más oscuros que en el resto; siempre más brillantes... siempre más ansiosos. No le disgustaba mirar el cuerpo de la Libido. Creía firmemente que era el único que, aún ajustándose al modelo en carne y hueso escala real, se veía bien... se veía deseable... incitante, quizás, incluso para ella misma.
Le encantaba oír esa voz tan grave, tan pausada... tan llena de inflexiones como de trampas. Le fascinaba pensar que era esa misma voz la que podría, en algún momento remoto, salir de sus labios; nunca tan tentadores como los de la Libido, claro está.
No, porque ella era inigualable, aún dentro de su cabeza.Pero lo que más le gustaba de la Libido, por sobre todas las cosas, ya fuera su moral, su cordura, su imaginación... por sobre todo eso y más, lo que la derretía era que la Libido se empeñara en tentarla a ella. Y que lo lograra, que era lo mejor.
Cada vez más aumentaban las frecuencias de las visitas a la Libido. Y cada vez más se transgredían los límites entre la razón y el deseo. La lucha misma entre ella y su personificación.
Y vaya bien que le hacía.
Algún día, sabía, la Libido se tomaría el control definitivo de su cabeza, subyugando al resto.
Y no podía decir que lo lamentaría.
viernes, 19 de noviembre de 2010
Dopaje
Bostezó y se estiró, bajando luego los brazos y empujando una de las tantas cajas vacías de sedantes (¿o eran antidepresivos? ¿O relajantes musculares? ¿O...? Daba igual. Caja de remedios para todos los efectos) a la nada que estaba bajo sus pies. Logró distinguirla un par de segundos antes de que el follaje del San Cristóbal se la comiera. Como probablemente iba a hacer con ella en una horas.
Demonios. si no fuera tan cobarde aún, se habría despeñazcado ella sola. Pero como era una floja como siempre, prefería estar inconsciente y que la gravedad (y su sobrepeso) hicieran lo suyo.
Pensó en su hija. La recordó tan pequeña y tan feliz al mismo tiempo. Siempre sonriendo, siempre preguntando... siempre armando algo con lo que tuviera a su alcance. Se sonrió, justamente recordando su sonrisa inocente, con apenas un par de dientes... Volvió a la seriedad al recordar a a su hijo. Tan desordenado como ella, pero al mismo tiempo tan frágil como su padre, ése que le había ganado la custodia y que -fríamente- se la merecía más que ninguno de los dos.
Volvió a prenderse esa voz de conciencia que aún no lograban apagar los sedantes, gritándole que se detuviera, que ocupara para algo más útil que revisar twitter su celular y llamara a algún médico de los que conocía; por último al 131. Pero ligerito la logró aplacar. Sí, era terriblemente egoísta queriendo terminar con su vida sin pensar en quienes la rodeaban. Mas, igualmente, su trastornada cabeza de encontraba todas las soluciones a los daños colaterales de su decisión. Sus hijos aún eran pequeños; los mellizos apenitas la iban a recordar.... además, la nueva mujer de su ex marido era una buena persona y los adoraba. Quedarían en buenas manos.
Sus padres se enterarían mucho después, por fin los había logrado mandar de crucero por el mundo, para que vivieran algo de vida fuera de la crianza y el trabajo. Su puesto de trabajo era fácilmente reemplazable; ya había un chico muy capaz en el estudio; seguramente la firma de arquitectos iba a progresar como nunca...
Na'h, ella no era necesaria. Ella era prescindible.
Ella era nadie.
Suspiró, y cerró los ojos. Ya estaba cansada. Estaba por irse. Se tendió cuan larga era en el borde de la roca sobre la que había estado sentada, y cerró los ojos. Sintió el sonido del viento, lejos de los autos, lejos del smog; lejos de lo banal y lo sagrado.
Y se sintió sola. Y frágil. Y arrepentida. Y vacía. Pero no quería hacer nada más.
Se balanceó un par de veces, temeraria, riendo de a poquito, lentamente ascendiendo el volumen. Hay que permitirse locuras antes de matarse, pensó. Perdió el equilibrio de una vez.... justo antes de ver que un par de ojos negros la miraban con espanto y oír un grito perentorio.
"Maldita sea - alcanzó a pensar antes de caer.- ¿Por qué justo ahora tenían que interrumpir los ex maridos llenos de conocimiento sobre una?"
jueves, 14 de octubre de 2010
Et lux perpetua
Lo dejaron morir.
No es que él no lo supiera, es más, él había ordenado en vida que, si llegaba a pasar algo así, no lo dejaran seguir. Que lo desconectaran, en buen español. Que evitaran que diera lástima, en sus palabras.
Que evitaran gastos innecesarios, dolor en demasía; ese voyerismo cruel de tener al frente a alguien que se sabe muerto y -no entendía si por sadismo o masoquismo- aún así luchar por que ese cuerpo, esa mera corteza ajada y corroída por la mezcla de estrés, nicotina, sexo y alcohol, siguiera emitiendo curvas en un monitor.
El problema se presentaba en ese momento, ante sus ojos, ante sus narices. Él, muerto para la medicina en general, tenía conciencia de cada cosa que pasaba. De los doctores hablando en chino con su familia en el fondo de la sala; de su señora, que lo miraba como si lo atravesara, como si fuera invisible; de la enfermera de la entrada que lo miraba con deseo, del cadáver del lado -porque ése sí que era cadáver-...
Tenía conciencia de que no podía reaccionar, de que su cuerpo lo traicionaba una vez más; de que las agujas que sabía se le clavaban no lograban crear la reacción exigida para que no lo abrieran en un pabellón para entregar sus restos a otras personas a la mitad del trance que él pasaba (y cómo lo crispaba -incoherencias aparte-)....
No, no había nada que hacer. Y eso lo ponía de los nervios, porque no veía a su alrededor los ángeles que lo guiarían a su juicio personal; no veía la dichosa luz que lo abstraería de esa desesperación de saberse vivo pese a que todo indicaba lo contrario. No, se rectificó, no estaba vivo. Era autoconsciente, pero vivo no estaba.
Ah, qué diablos. Venía a dar igual, más si tenía conciencia de que lo llevaban por un pasillo oscuro, en pos del escalpelo maravilloso que lo cortaría en tantos pedazos como él disfrutaba hacer con su cena las noches de carne...con la sola diferencia de que él no sería deglutido, sino que injertado en un cuerpo ajeno que lo adaptaría a sí mismo (con algo se suerte y mucha medicación).
Venía a dar igual, ahora que descubría con su
Pero, por sobre todo, venía a dar lo mismo ahora que se sentía atado a un cuerpo relleno de suturas y tapones en cada
Hasta que se aburrió. Cerró los ojos (o aquel reducto de su inanimada mente por el cual absorvía las imágenes del mundo) y se tendió cuán incómodo se podía plantear sobre ese muñeco de carne en que se había convertido. Y esperó; a que su viuda -viuda, qué espanto- llorara y se desgañitara clamando por una razón a ese Dios que todavía no daba señales de pronunciarse; a que sus amigos desfilaran frente a ese reducto de madera, a ver quién con peor cara; a que sus familiares -esos que ni siquiera recordaba- se reunieran a su alrededor a contar anécdotas refritas de otro pariente que nunca conoció...
Esperó a que el sacerdote (¿qué demonios tenía que ver un sacerdote con él?) lo empapara de agua -para él normal, para el resto bendita- y recordara al mundo el buen hombre que -claramente- no había sido, y que lo sacaran trabajosamente del lugar desconocido (y que poco le interesaba, si era sincero) para montarlo en ese auto con olor sempiterno a muerte y flores viejas en dirección poco relevante.
Y siguió esperando, a que terminaran con el ritual prefabricado del entierro; a ser cubierto por las flores que fingían ser la manifestación de interés y que no era más que una convención social; y a ser bajado a las entrañas de la tierra.
Pero, cosa curiosa, en vez de sentir la oscuridad cernirse hambrienta sobre él (o más bien la tierra sobre su cuerpo, para culminar el ciclo de la vida), sintió una luz que poco a poco iba aumentando de intensidad. No sabía de dónde venía, si de arriba o de abajo; si de fuera o de dentro. Sólo sabía que poco a poco lo iba encegueciendo. Y que lo hacía ascender, de alguna forma inexplicable fuera de su entendimiento, que a estas alturas valía nada.
Y sentía que subía y subía...
Hacia la luz perpetua.
La
lunes, 11 de octubre de 2010
Incoherencias.
Así, precisa, concisa, letal, fue que ella dejó en el aire todo el esfuerzo que les había costado años consolidar.
-¿Estás segura? Digo, hay mucho en juego aquí...
-No dije que estuviera terminando. Dije que me aburro. No hacemos nada nuevo, la rutina nos comió, ni siquiera tenemos de qué hablar...
-¿Y qué propones?
-No lo sé. Desde un comienzo no lo supimos, ¿no?
No. Desde un comienzo no lo supieron, salvo el sentir que el mundo se confabulaba en su contra para hacerlas sufrir más aún.
De mundos diversos, cada una con su cruz a cuestas, para ver que todos los parámetros en los que trataban de encajar se venían al suelo por amar a alguien igual a sí misma. O al reflejo, más bien. O a los opuestos, si se quiere. Les daba lo mismo. Hasta ahora, claro, en que los cuerpos se sabían tan de memoria en que ver a la otra desnuda ya no provocaba nada; en que la hora de la cama era literamente para dormir y en que hasta los días especiales (cumpleaños, aniversarios, recuerdos de días importantes) venían a ser lo mismo: un refrito de los grandes instantes anteriores...ésos que, de tanto recordarlos, perdían su magia y no pasaban a ser sino una foto desteñida en la memoria.
Ahora, el ser el espejo de la otra les venía en contra. Sabían cada gesto, cada opinión, cada suspiro, cada orgasmo de la otra. No quedaban sorpresas, no quedaban recovecos por descubrir; ya la depravación se les había agotado, lo mismo que la ternura. Lo que les quedaba era la costumbre.
Y eso, ESO, las mataba.
Pero no existía valentía como para cortar por lo sano, no había voluntad para decir "Adiós, un placer, que te vaya bien en la vida", ni para decir "Te detesto, te aguanté nada más que para no estar sola contra el mundo". Para nada habían ánimos. Sólo esa maldita costumbre, ese maldito conformismo que las había absorvido a ambas.
Completamente lejos de los que las llevó a unirse, a amarse, a conocerse. Y que, en esos momentos cruciales, ninguna podía recordar.
jueves, 9 de septiembre de 2010
...(Sin) memoria VIII
Es una niña pequeña, aún.
Estuvo saltando un buen rato. Cuando le pregunté por qué, dijo que le era nuevo sentir los pies en algo que no fueran pantuflas sobre baldosas blancas.
domingo, 5 de septiembre de 2010
...(Sin) memoria VII
Antes, preguntaba por lugares verdes.
Pero todavía no recuerda nada. Aún está perdida.
Y yo no sé si sea capaz aún de verla a los ojos.
Me trajeron fotos. Muchas fotos. Salgo con mucha gente. Amigos de la universidad, del colegio, con la familia; sola, de gala, en graduación, de pequeña. Me trajeron fotos también de lugares verdes, por los que solía transitar. No los pude asociar a nada, pero me hizo pensar qué tan ciertos eran los vínculos que me unían a esas personas. Al menos, con mi familia desarrollé una empatía muy rápido, y también con algunos de quienes se me presentaron como amigos. Pero con otros no; es más, me dieron miedo o un poco de ira, incluso. ¿Cuán real habré sido con los otros? ¿Qué habré vivido?
El doctor dijo que mañana me darían de alta, porque me convenía estar en un ambiente más familiar. Que seguiría con controles regulares, pero que seguir en el hospital era contraproducente incluso.
Por mí, que me lleven donde sea. El olor a desinfectante me está asqueando. Lo único bueno son las jaleas.
...(Sin) memoria VI
Cuando tomé los libros, comencé a reconocerlos, a buscar determinadas páginas porque los números resonaban en mi cabeza. Me fueron familiares.
Después, comencé a reconocer voces, a asociarlas con caras… y lugares. Creo que me aceleré un poco, porque mi madre, que fue quien llevó las cosas, comenzó a llamar a voces al doctor, creyendo que ya reconocía todo, que mi memoria funcionaba. Pero no, no del todo.
Lamentablemente.
P.S: esto lo tengo escrito desde hace meses; ahora con la guerra de cuentos me acordé que existía :P
...(Sin) memoria V
Pero aún no recuerda nada. O nada concreto, al menos. A veces hace preguntas extrañas, como antes; de esas que nos descolocaban al principio y que luego aprendimos a temer. Pero siempre tienen que relacionarse con algo verde. Un parque, creemos; no tenemos idea de qué es lo que quiere saber. Dicen que sueña con un nombre, pero que no se entiende cuando lo menciona al dormir. Siempre despierta agitada, y un par de veces lo ha hecho llorando. Creo que sé quién es.
sábado, 4 de septiembre de 2010
Miedo
Como en sus peores pesadillas.
Parada quizás cómo, porque todo, TODO a su alrededor era del negro más profundo. Probablemente era el olvido mismo; ni ruido se oía. Ni su propia respiración.
Y luego, como siempre, la voz. Esa misma, melosa y penetrante...
-¿De nuevo por aquí? ¿Tratando de convencerte de que eres humana?
-Déjame en paz.
-¿Por qué, si eres tú la que viene siempre a irrumpir a mis dominios? Asúmete, quieres enfrentar la verdad y no puedes...
-Déjame en paz, te dije...
Ya estaba acostumbrada a pelearse con la voz maldita, pero ello no quitaba el hecho de que la aterrorizaba hasta lo más hondo... si cabía.
-¿Qué dudas ahora? ¿Apareció...? ¡Ah!- la voz hizo una pausa, una infinita pausa.
Ella se sintió atravesada por un lo que habría sido un viento helado de haber corrido aire en ese lugar.
-Así que hay un "alguien" al que pretendes "querer"... Chica ingenua... aún no aprendes..
-Calla de una vez....-ella se tapó los oídos (con la nula esperanza de que ello bloqueara la voz) y se volteó. Al hacerlo, notó algo que no había visto antes: un espejo de cuerpo completo.
Se acercó, temerosa. Asumió que, por el hecho de notarlo, habría algo más de luz.
Al llegar a él, reconoció -no sin cierta dificultad- su propio rostro asustado, apenas dibujado por un halo de luz que brotaba de ella misma. Pero era tan débil...
-¿Puedes verte allí? -dijo la voz, sobresaltándola. Ella miró a todos lados, y cuando volvió a mirar al espejo, soltó un grito. Tras de ella sólo habia un rostro. No cuerpo, no luz. Sólo un rostro burlón que la miraba a través del reflejo. Miró sobre su hombro; no había nada.
-Curioso... crees verme a mí, pero no te ves tú...
-¿Eres tú la...?
-¿Yo? ¿Aún no entiendes, niña?-dijo la voz (ahora con rostro) de manera estremecedoramente burlesca.- YO soy tú... o más bien, lo REAL que eres tú.
-¿Qué? Voz, no me asustas. Tú no puedes ser yo.
-Claro que lo soy... más bien, tú eres la cáscara que construyes para no volver a mí.
-...
-¿O piensas que todos esos sentimientos que "afloran en tí"-dijo la voz imitándola- son reales?
-No dudes de lo que siento por--
-Tú no sientes, niña. Tú mientes, tú actúas... tú te convences de que quieres algo y convences al resto de que es la verdad. Tú no eres real. Tú no estás viva.
-Cállate...-dijo ella, tapándose los oídos otra vez y alejándose del espejo.
-¿Por qué, si soy tu voz hablándote desde el vacío que tienes en el pecho?
-Cállate...-dijo más fuerte.
-¿Para qué, si siempre vuelves a mí para que te diga exactamente lo mismo?
-Cállate...-dijo casi gritando.
-¿Y qué ganarías si lo hiciera?
-¡CÁLLATE!- terminó aullando ella, girando la cabeza de un lado a otro, negando todo lo que había oído.
Como si alguien fuera a confirmarle la mentira de esas palabras.
Cerró los ojos, sintiendo cómo las lágrimas se formaban en sus ojos...mas pronto se sorprendió de que no había nada en ellos queriendo caer. Los abrió, y destapó sus oídos.
-¿Voz?
Nada. La nada absoluta.
Y ella sola. Sola.
Buscó con la mirada en la insondable oscuridad algún sitio de donde emanara de nuevo esa luz mortecina de un rato antes (de ella, claramente, no volvía a salir), o el espejo.
Pero mientras se giraba, sintió que una mano la tomaba de la barbilla y fue capaz de ver, con espanto, que la voz y ese rostro burlón estaban a un palmo de su nariz.
-Entiende... estás muerta... porque no sientes ni sentirás nada jamás...jamás...
La voz terminó en risitas burlonas, mientras ella no podía gritar su horror.
Era su cara.
viernes, 3 de septiembre de 2010
(inserte nombre)
Harto de su ingenuidad inventada, de su tripolaridad, de su asfixiante presencia. De que creyera que todo giraba en torno a ella.
La odiaba. Con todo el cuerpo. Le repelía tenerle cerca, el verse forzado a besarla, a tocarla, a mirarla siquiera.
La aborrecía. Lo único que quería era que se la tragara la tierra, que le pasara un auto encima, que... cualquier cosa, pero que desapareciera de su vida.
Pero no podía. No aún, al menos.
Mas...
Estaba ahí, al lado suyo, más indefensa que nunca. Durmiendo, como un cachorro desvalido...
Pensó en lo que le esperaría: juicio, cárcel, quizá una violación en las duchas...
Le daba igual, eliminar esa lacra del mundo lo valdría.
Sobreponiéndose a su asco, se sentó sobre su vientre, sellando sus piernas con la presión de de las propias. Buscó sus manos, y las unió sobre la detestable cabeza.
Y se sintió libre.
domingo, 29 de agosto de 2010
Estaba loca

Estaba loca.
Con esa mirada maníaca, con ese aire de demonio en cara de ángel, con esos pies siempre azules porque jamás toleraban zapatos; con esos brazos flacuchos que parecían ramitas secas.
Estaba loca, y corría por la casa, riendo como endemoniada; yendo a saltos por el corredor, tarareando canciones de cuna, meciendo un bulto imaginario, resguardando su vientre de cualquiera que se le acercara para darle la medicina.
Estaba loca, no se sabía por qué; estaba loca y les daba lo mismo. La conciencia en ella se había quedado estancada en unos ojos que nunca volvieron.
Estaba loca, y reía, reía, sólo para no largarse a llorar y secarse como pasa. Estaba loca, y saltaba en las hojas secas que caían del único árbol de la casa, ése que ella, loca como estaba, había impedido que cortaran gracias a haberse trepado por días, vociferando incoherencias y clavando esa mirada tan clara, tan prístina que dejaba traslucir terroríficamente el tormento que la trastornaba.
Estaba loca, y en las noches, sólo algunas noches, parecía recobrar la cordura, apareciendo con un vestido raído y un cintón torcido en los cabellos enmarañados por la sala (descalza siempre), musitando frases hechas y cumplidos añejos a gente inexistente. Buscando a un doctor, a un destacado psiquiatra que había partido quién sabía cuando, llevándose todo lo que en su interior se guardaba, dejándole sólo la locura a cambio.
Pero sólo eran algunas noches, así que pronto el desvarío era mayor que los recuerdos y en ella se desataba de nuevo el torbellino, que la hacía deshacerse de todo lo que llevara encima (razón incluida) y la incitaba a correr nuevamente por los pasillos, desnuda si sentía demasiada opresión, y a gritar, gritar... con esa sonrisa macabra entre los labios y los ojos inyectados en sueños rotos.
Estaba loca.
jueves, 25 de marzo de 2010
Mausoleo
Pero vino ese terremoto del demonio, que hizo que las cúpilas que cubrían tu cielo se cayeran, que el mármol se rompiera y asomaras allí, de nuevo, volviendo del infierno al que te deseé enviar tiempo ha.
Y volviste, y los temores que había enterrado contigo surgieron; y nació de nuevo la inquetud, la duda, la inconciencia. Volví al estado primigenio una vez derrumbado ante mis ojos el sitio que tenía sagrado para rendirte respeto, pero ya no más cariño.
Y se cayó, se partió en mil pedazos, que se esparcieron entre mis pies cuando todo bajo ellos se movió con violencia...
Te tenía en un lugar bonito, ¿sabes? Pero no sé si pueda volver a construirte algo así. No sé si mi pecho se vuelva de hielo otra vez, o si los recuerdos acuñados contigo tengan la suficiente fuerza como para volver a sepultarte bajo el mármol que, por muy blanco y puro que sea, no dejará de ser tan frío como tu mirada, ésa que se regresa a atormentarme cada noche después de que se moviera el piso.
No sé si quiera de nuevo llorar en cada ladrillo que te vaya cubriendo, como lo hice en su momento. No sé si tendré paciencia para construir tu recuerdo. No sé si me alcanzará el cariño para que descanses un poco, o si sólo será la costumbre la que me haga moldearte una cárcel de por muerte.
Este terremoto remeció lo más hondo. Pero también removió mi cabeza.
Quizá me harte de todo y te mande derechamente a una tumba corriente, entre los pabellones. O a la fosa común, donde no tendrás ni siquiera alguien que te vaya a poner flores.
Porque ya nadie -ni siquiera yo- sabrá de tí jamás.
martes, 12 de enero de 2010
...(Sin) Memoria IV...
El otro día vino el que iba manejando el auto. Tenía yeso en un pie, así que venía con muletas. En cuanto me vio palideció, así que temiendo que algo malo le pasara traté de levantarme de la cama para sujetarlo, pero un pinchazo en el brazo me recordó el suero, por lo que debí quedarme allí. Se acercó lentito, mirándome con esa mirada que he aprendido a reconocer como con culpa, y me abrazó con fuerza. No supe de mutuo propio quién era, pero el mero contacto con sus brazos me hizo acomodar automáticamente en su hombro, como si estuviera habituada a hacerlo. Abrazarlo me hizo sentir muy bien, he de reconocer. Me hizo sentir querida y no compadecida, como hasta ahora. Me pidió disculpas, que yo rebatí con los escasos antecedentes que contaba. Me miró, soltándome, y sonrió. Y fue la primera vez que vi ojos reírse también. Sentí que era una persona buena, y que era alguien a quien quise mucho antes de olvidar. Pero su nombre no me fue familiar, como esperé.
Habrá que esperar.
jueves, 7 de enero de 2010
...(Sin memoria) III
-¿Lo dudas?
-No me respondiste…
-… No. No te quiero.
-¿Entonces?
-Yo te amo, que es diferente.
-… ¿cuánto?
-¿Tengo que responderte eso?
-No si no quieres…
-Te amo demasiado como para limitarlo con palabras…
-¿Tanto así?
-Sí, mi niña…
-…
-…
-¿Qué harías si perdiera la memoria?
-¿Ah? ¿Y eso?
-No sé, si algo me pasara… ¿serías capaz de comenzar todo de cero, por mí?
-Por supuesto –dijo, besándola-, eres lo más importante que tengo…
-¿Auque hubiera pasado algo entre nosotros que hiciera que me odiaras, o que yo lo hiciera? ¿Aunque hubiéramos terminado con todo esto?
Él no respondió.
miércoles, 6 de enero de 2010
...(Sin memoria)... II
No podíamos creerlo, en cuanto el médico salió del box donde la tenían. Además de magullada, herida y quizá fracturada… ¿amnésica?
El doctor nos dijo a nosotros primero, su familia aún no había llegado. Había despertado de una vez, pero era incapaz de decir ni su nombre siquiera. Ojalá fuera temporal, nos dijo, pero aún no tenían diagnóstico certero. Habría que hacer exámenes y otras cosas, pero no se podía hacer mucho por ahora, salvo dejarla descansar.
Después de repartirnos entre los varios heridos por el choque, tuvimos que contener a su familia (para la mayoría de nosotros desconocida), que salió del box deshecha, casi tan en shock como ella misma.
Cuando por fin nos permitieron entrar (de a uno, recalcó la enfermera, cosa que no hicimos caso), la vimos –quizá- más frágil que nunca en la vida. Parecía pajarito; abrazándose temerosa, con la cabeza vendada y suero en los brazos, mirándonos con cara de pregunta, como queriendo leer en nuestros rostros lo que ella había olvidado. La saludamos, temiendo abrazarla, diciendo nuestros nombres como si con ello le prendiéramos un chispazo a su cabeza. Salvo el hecho de que con algunos dio respingos, lo único que nos pudo devolver fue una sonrisa inocente, y una disculpa avergonzada, como si considerara que el no poder recordarnos fuera una afrenta para nosotros más que un daño hacia ella.
Varios no quisieron entrar. Que por prudencia, que entro más rato, que los cubrimos… excusas fueron muchas. Quizá fue por el hecho de que verla así, como una niña pequeña, desvalida e indefensa, veían el origen de su propia fragilidad encubierta, la materialización de sus peores temores: el olvidar todo lo vivido.
domingo, 3 de enero de 2010
...(Sin) memoria...
Dicen que fue un accidente. Lo más seguro es que sí, a estas alturas no me queda más que asumir lo que buenamente me expliquen. El problema es que no logro encajar muchas de las piezas. O yo dentro de ellas, que abundan.
Dicen que fue un choque; que quien iba manejando no tuvo la culpa, que fue por un tarado que no respetó una luz roja, vaya una a saber… que los otros pasajeros del dichoso auto salieron heridos, pero que lejos la más perjudicada fui yo… que -¡niña, por Dios!- no tenían idea de qué pasaría conmigo ahora, salvo que el tratamiento diera resultado pronto para no perder todo el camino que llevaba avanzado… que para mi carrera… que esto, que lo otro…
Lo más cruel de todo esto es que no reconozco a quienes me solían rodear, y que por ello les hago mucho daño. Aprendí a llamar como mamá a una mujer menuda, que la vi por vez primera después de… de esto, llorando a mares y visiblemente destrozada cuando no supe decirle quién era. Aprendí a decirle hermana a una chica hosca, pero que se notaba afectada. A decirle papá a un hombre de pocas palabras, que no sabía dónde poner las manos, como si temiera dañarme aún más si me abrazaba. Aprendí los nombres de algunos chicos que dijeron ser mis amigos, pero que –más allá de una simpatía innata o un temor irrefrenable- no me generaron ninguna otra sensación… ni recuerdo. Esto de la amnesia no es para nada agradable.